No querer celebrar el Día de San Valentín no significa automáticamente que una relación esté en crisis (aunque muchas parejas lo interpretan así). Desde la psicología, esta decisión suele estar más relacionada con la forma en que cada persona vive el afecto, el consumo y las expectativas sociales que con la falta de amor.
Especialistas explican que las parejas que rechazan celebraciones como Día de San Valentín suelen priorizar demostraciones cotidianas en lugar de gestos simbólicos marcados por el calendario. Esto se vincula con estilos de apego más seguros, donde el vínculo no depende de fechas específicas para reafirmarse.
También influyen factores como experiencias pasadas, presión social o incluso el rechazo a lo que se percibe como una celebración comercial. Para algunas personas, evitar el festejo es una forma de proteger la autenticidad de la relación.
Sin embargo —y aquí está el punto que enciende alertas— la psicología advierte que el conflicto aparece cuando uno quiere celebrar y el otro no.
Esa diferencia puede revelar fallas en la comunicación, expectativas no expresadas o desigualdad en la forma de demostrar cariño.
Expertos coinciden: el verdadero indicador de salud emocional no es si se festeja o no, sino la capacidad de negociar, respetar deseos y mantener gestos afectivos.
En resumen: no celebrar el 14 de febrero no es sinónimo de desamor, pero ignorar lo que la pareja siente al respecto sí puede encender focos rojos, porque en el amor, más que la fecha, importa cómo se construye el vínculo todos los días.R/90
