Aunque los padres cubran los gastos universitarios, decidir la carrera de sus hijos no debería ser una imposición.
Legalmente, al alcanzar la mayoría de edad, cada persona tiene derecho a elegir su propio camino profesional. Sin embargo, en la práctica, el factor económico suele convertirse en una herramienta de presión.
Obligar a un joven a estudiar algo que no le apasiona puede derivar en frustración, abandono escolar o incluso problemas emocionales.
Más que imponer, el papel de los padres debería ser orientar, dialogar y acompañar.
Pagar la educación no compra los sueños: el futuro, al final, lo vive quien lo construye.
