La afición en Monterrey vive el fútbol con una intensidad única. Los seguidores de Tigres UANL y CF Monterrey no escatiman: invierten en camisetas, reuniones cada fin de semana y en asegurar su lugar en el Estadio Universitario o el Estadio BBVA. Son recintos que casi siempre lucen llenos, reflejo de una fidelidad que pocos equipos en México pueden presumir.
Sin embargo, esa misma pasión cambia de tono con rapidez, se acaba la luna de miel abrptamente, según la actitud demostrada en cancha. En cuestión de días, los aplausos se transforman en abucheos; los ídolos pasan a ser cuestionados y la euforia se convierte en reclamo.
Es parte del ADN futbolero regiomontano: exigente, emocional y, a ratos, contradictorio.
Con ese contexto llega la edición en turno del Clásico Regiomontano, en ocasiones, Tigres o Rayados han mostrado altibajos en el torneo, mientras que alguno de los dos llega en plena reestructuración tras movimientos necesarios en el banquillo, situación que lo tiene “fuera de ritmo” respecto a su mejor versión. Aun así, en este tipo de partidos, las inercias pesan poco, porque si algo saben los aficionados es que los clásicos locales son otro boleto.
No importa la tabla, las rachas o los problemas internos: el orgullo de la ciudad se juega en 90 minutos. Y ahí, todo puede pasar, incluso que la carne se enfríe y la cerveza se caliente mientras el corazón late a tope. R/90
