Detrás de muchos espectaculares que inundan la ciudad no hay grandes campañas privadas, sino una jugada bien armada para esconder el gasto público.
La estrategia es simple: usar nombres de revistas o suplementos impresos para firmar la publicidad, simulando que se trata de promoción independiente. Así, quienes realmente pagan (con dinero de todos) se lavan las manos.
El truco tiene una grieta: la Ley de Transparencia. Aunque se disfracen de medios, estos impresos se convierten en sujetos obligados a rendir cuentas. Tendrían que explicar cuánto gastaron, de dónde salió el dinero, quién contrató y por qué.
Ahí es donde el discurso se cae: esos “panfletos” jamás podrían sostener campañas millonarias con sus propios ingresos.
A esto se suma otro problema visible: los espectaculares no solo saturan el paisaje urbano y afean la ciudad, también aparecen fuera de tiempos legales, promoviendo figuras o mensajes en periodos donde no deberían. Publicidad adelantada, encubierta o sin control.
Lo que antes pasaba desapercibido hoy empieza a incomodar. La clave está en que la ciudadanía deje de ser espectadora y empiece a exigir respuestas. Desde casa, como ciudadanos con solicitudes de información, se puede poner en aprietos a quienes creen que el presupuesto público es suyo, porque cuando el dinero es de todos, el silencio ya no es opción.R/90
