Nuevo León parece atrapado en una pelea política que no termina. Mientras el gobierno multiplica mensajes, anuncios y confrontaciones, los desacuerdos entre el Ejecutivo y el Congreso han dejado como saldo conflictos presupuestales, vetos, controversias y negociaciones que pocas veces llegan a buen puerto.
El problema va mucho más allá de aprobar o rechazar un presupuesto. El dinero público necesita planeación, acuerdos y una visión de largo plazo. Cuando los poderes no consiguen ponerse de acuerdo, quienes terminan pagando las consecuencias son las instituciones y, eventualmente, los ciudadanos.
Y aquí aparece una diferencia que incomoda: una cosa es hacer política y otra muy distinta vivir de la política.
El verdadero oficio político no consiste en acumular cargos, controlar estructuras, repartir posiciones o preparar la siguiente candidatura. Consiste en saber negociar, construir acuerdos, anticipar conflictos y entender que gobernar implica tomar decisiones que trasciendan la próxima elección.
Hoy abundan operadores, estrategas de imagen, asesores y aspirantes al siguiente puesto. Lo que escasea son figuras capaces de anteponer las instituciones a la disputa política.
Nuevo León no necesita más políticos expertos en la confrontación; necesita políticos con oficio para construir soluciones. Porque cuando gobernar se convierte en una batalla permanente por ganar la narrativa, el ciudadano deja de ser el centro y la política termina convertida en un beneficio para unos cuantos, en lugar de ser un servicio para todos. R/90
