El golpe de calor no avisa y puede ser mortal. Se trata de la forma más extrema de daño por altas temperaturas: el cuerpo pierde el control, supera los 40 grados y comienza a fallar desde adentro.
El sistema nervioso colapsa, los órganos se deterioran y sin atención inmediata, la muerte puede llegar en cuestión de horas.
Aunque muchos creen que el peligro está en la calle, la realidad es más alarmante: en Nuevo León, el calor está matando dentro de las casas. Dormitorios convertidos en trampas térmicas, techos que guardan el calor, falta de ventilación y cero sombra hacen que la temperatura no baje ni de noche. Ahí, mientras la gente duerme, el riesgo aumenta.
El problema ya no es solo climático: es de salud pública. La Organización Mundial de la Salud advierte que el calor extremo provoca cerca de 489 mil muertes al año en el mundo y la cifra sigue creciendo con el cambio climático.
Adultos mayores, niños y personas con enfermedades son los más vulnerables.
En Monterrey, incluso existe un punto “ideal” de temperatura (alrededor de 20 grados) donde hay menos muertes, pero ese equilibrio se está perdiendo. Hoy, el concreto domina, los árboles escasean y las ciudades se convierten en islas de calor que atrapan temperaturas peligrosas.
Aquí es donde entra una solución que puede salvar vidas: los árboles. No solo adornan, funcionan como escudos contra el calor. Dan sombra, reducen la temperatura y pueden transformar una casa sofocante en un espacio habitable.
Por eso, la apuesta ya no es solo plantar en parques, sino llevar árboles hasta las viviendas: patios, banquetas, cocheras. Porque en medio de temperaturas extremas, un árbol puede marcar la diferencia entre resistir o no sobrevivir.
El mensaje es claro: el calor ya no es una molestia. Es una amenaza real y cada verano llega más fuerte.R/90a
