Cada 2 de noviembre, miles de familias acuden a los panteones para recordar a quienes ya se fueron, llevarles flores, veladoras y ofrendas, y mantener viva su memoria. Pero mientras para unos es una tradición llena de amor y nostalgia, para otros parece convertirse rápidamente en un negocio.
Y es que no faltan quienes se preguntan qué ocurre con las flores, adornos y ofrendas que las familias acaban de comprar con esfuerzo para colocarlas sobre las tumbas, pues en algunos casos comienzan a desaparecer poco después de que los visitantes abandonan el panteón.
Lo que debía permanecer como un homenaje termina, presuntamente, convertido en mercancía nuevamente.
Recordar a nuestros muertos no debería ser un negocio. El verdadero valor de una ofrenda está en el cariño con que se coloca, no en cuánto dinero puede volver a producir.R/90

